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Por Antonio Torrejón
"Patrimonio"
puede constituir una importante fuente de beneficios para las
comunidades involucradas en el proceso de turismo cultural,
siempre según los "usos" sociales que estos sectores definan y
planteen. Dada su naturaleza plural y compleja, el turismo
cultural sólo puede ser abordado en cuanto actividad
transdisciplinaria, con diversas dimensiones a considerar - lo
que podríamos llamar órdenes económico, social, cultural,
científico, educativo y ético, para mencionar sólo algunos.
La posición de una "cultura"
respecto de su abordaje turístico ha de ser leída desde una
visión crítica y problemática, que implica comprensión y diálogo
en contextos muy amplios - desde lo transnacional hasta lo
particular -, que implica procesos socio-económicos e históricos
y donde resulta de primordial importancia aquello que los
sujetos inmersos en dicho proceso entienden sobre lo que sea el
turismo cultural.
Esta importancia no sólo
surge de un contexto que podríamos llamar "ético" - el cual
parte de cierta idea de "respeto" por la diversidad de formas
culturales de la humanidad - sino también de una perspectiva
pragmática, puesto que es suficientemente sabido que cualquier
intento de transformación o gestión será inútil salvo que los
protagonistas del mismo estén profundamente implicados en él.
De este modo, la conjunción
entre lo "turístico" y lo "cultural" implica crear espacios de
interacción donde los turistas y las comunidades puedan dialogar
respecto del universo de significaciones y concepciones del
mundo de la cultura a la cual se acercan, y de las perspectivas
que sus mutuas diferencias hacen posibles.
Turismo cultural es visitar
otra comunidad en cuanto "portadora de cultura", esto es, de
otro sistema cognitivo-valorativo que implica modos humanos de
actuar distintos de los del turista, y donde los sistemas
simbólicos son también parte de la experiencia que hace del
turismo una experiencia estética. Es por eso que acercar la
"cultura" al "turismo" implica darla a conocer como emergente de
procesos históricos que se expresan en instituciones y prácticas
sociales siempre cambiantes y contingentes, intentando
trascender la visión que postula la "cultura" como un "producto
acabado definido desde una concepción inmóvil".
En ese sentido el turismo
también forma parte de los procesos que contribuyen a la
construcción, reconstrucción y modificación continua de esa red
de significaciones que solemos denominar "cultura". Aún más: el
turismo cultural, en cuanto proceso histórico y social
constituye relaciones de poder que se hacen visibles en los
discursos y prácticas de los interactuantes influyendo en sus
formas de acercarse al Otro cultural.
El análisis reflexivo de
estas relaciones de poder generadas por el turismo forma parte
también de la práctica del turismo cultural. Asimismo, y
considerado desde un punto de vista más general, el desarrollo
de las políticas culturales y la relevancia que adquiere el
patrimonio gracias al turismo cultural suelen ser fundamentales
en cuanto ponen de relieve la importancia de los derechos
económicos y culturales de las comunidades así como los derechos
de éstas sobre su conocimiento y saberes.
De este modo el turismo
cultural constituye un espacio político donde desde una
situación de diversidad cultural se establece una relación entre
muchas posibles. La pregunta respecto de qué tipo de relación
será esta no es menor: el turismo cultural puede tan pronto
constituir un espacio para un diálogo fecundo desde la
conciencia de la mutua diferencia, como un agente más en una
política de sometimiento continuo y continuado. Esta
responsabilidad de y desde el turismo cultural no puede ser
soslayada ni ignorada ya que de su resolución depende si el
turismo será un factor de crecimiento que garantice los derechos
de las comunidades al disfrute de su propia cultura o una forma
más de explotación de los desposeídos por parte de consumidores
de exotismo.
Turismo y patrimonio arqueológico:
El turismo cultural y la creciente demanda por "consumir" el
patrimonio arqueológico y cultural es una realidad, un hecho que
no podemos negar ni revertir. En este contexto histórico, como
actores sociales e investigadores de la cultura tenemos la
responsabilidad de actuar y tomar partido. O participamos de
manera directa o indirecta de las políticas estatales que
fomentan el turismo cultural, reflexionando, discutiendo,
asesorando y educando sobre la correcta utilización de los
bienes patrimoniales, o damos un paso al costado y dejamos que
las cosas pasen y la historia transcurra.
El patrimonio arqueológico es un recurso social, cultural y
también económico, para su utilización tanto educativa como
comercial -esta última de la mano del turismo-, es
imprescindible la puesta en valor, es decir su identificación y
estimación social. Esto implica que, en el proceso de
construcción sociocultural del pasado deben participar
diferentes actores sociales, con mayor o menor grado de
responsabilidad, pero todos con el compromiso de velar por los
bienes culturales, tanto en el aspecto material como simbólico y
significativo.
Al hablar de bienes
culturales no nos referimos a un inventario de objetos
atractivos, factibles de exhibir o yacimientos arqueológicos con
arquitectura monumental, sino, al conocimiento e interpretación
integral, contextualizado e interrelacionado del patrimonio
cultural y su entorno natural, donde los objetos y sitios
arqueológicos son solo una parte de un todo, integrados a un
sistema cultural que manifiestan procesos históricos únicos e
irrepetibles en el tiempo y el espacio. La correcta difusión de
los bienes culturales es de trascendental importancia para las
comunidades que los poseen, ya que sirven para reforzar la
identidad y diversidad en un mundo globalizado que tiene como
paradigma la homogeneización y el consumo indiscriminado. En
este sentido el rol de los investigadores y la comunicación es
crucial.
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